Cusco 2023: El viaje de ida
El viaje propiamente dicho empezaba a la salida de Lima, es decir, cuando el bus pasaba por Pucusana. Aunque el bus se retrasó en salir, todo el recorrido fue sin novedad, no hubo riesgo de accidente ni nada por el estilo.
Algunas dormidas en el trayecto me impidieron ver por ejemplo cómo estaba el Boulevard de Asia, que dentro de unos días debe estar recuperando su ritmo y actividad de todos los años. Por tratarse de una pista nueva, no pasamos ni por (San Vicente de) Cañete ni por Chincha. Poco después de llegar a Pisco (ciudad), el bus tuvo que detenerse. Se trataba de un... semáforo. Desde Lima que no nos cruzábamos con uno. Hasta llegar a Ica, la única luz que había era la del bus y las de los que iban en sentido contrario. Es que entre Pisco e Ica hay pocos centros poblados. Ni qué decir entre Ica y Palpa, al punto que ahí me volví a dormir.
Ni bien entramos todos al bus luego de comer fui al baño. Al salir me puse a pensar "el que tenga ganas de cag... se jodió", aunque no fue mi caso. El bus partió de nuevo estando yo dentro del baño.
A partir de Nasca, todo lo que venía era nuevo para mí. En el mismo terminal había comprado la pastilla para el soroche, y como ya estabamos ganando altura, era el momento de tomarla. Así, no tuve mayor inconveniente durante el resto del viaje y a la larga en todo el paseo.
Dos señores (hombre y mujer) estuvieron conversando durante gran parte del viaje. Estaban detrás de mí. También asomaba una niña en pijama, que de vez en cuando recorría el pasillo. Aunque mis distracciones en este tipo de viajes eran la música y ver el paisaje (esto último imposible de noche y madrugada), habían puesto películas. Los nombres, ni los recuerdo, pero de lo que veía a la volada estaban los enfrentamientos con la policía, las persecuciones, los tiroteos y las carajeadas que se mandaban unos a otros (tenían subtítulos en inglés).
Justo al llegar a Poroy (donde está el letrero verde con letras blancas que se encuentra en todas las carreteras del país) comenzó la lluvia. Ahí pensé "esto es lluvia", en comparación a lo que hay en Lima. Sin embargo, la lluvia no duró mucho y una vez dentro de la ciudad ya no caían más gotas.
Al momento de bajar, la niña no se había cambiado la pijama. Afuera había taxi, y en el recorrido al hospedaje tuvo que sortear a los lugareños, turistas y hasta escolares que caminaban por las calles (unas más estrechas que las otras).
Una vez instalado en el hospedaje, empezaría la "aventura".
La última vez que salí de Lima rumbo al sur fue en el 2018, cuando se dio un inolvidable viaje a Ica (más que nada por lo que sucedió allá). El viaje actual abarcaría toda la ruta del de hace cinco años, pero para ese entonces varias cosas habían cambiado. La hora de llegada a Ica en ambos viajes fue casi la misma, solo que en el presente no paró, pero lo hizo recién en las afueras para que pudiéramos comer algo. Fue a la altura de Tate.
Algunas dormidas en el trayecto me impidieron ver por ejemplo cómo estaba el Boulevard de Asia, que dentro de unos días debe estar recuperando su ritmo y actividad de todos los años. Por tratarse de una pista nueva, no pasamos ni por (San Vicente de) Cañete ni por Chincha. Poco después de llegar a Pisco (ciudad), el bus tuvo que detenerse. Se trataba de un... semáforo. Desde Lima que no nos cruzábamos con uno. Hasta llegar a Ica, la única luz que había era la del bus y las de los que iban en sentido contrario. Es que entre Pisco e Ica hay pocos centros poblados. Ni qué decir entre Ica y Palpa, al punto que ahí me volví a dormir.
Ni bien entramos todos al bus luego de comer fui al baño. Al salir me puse a pensar "el que tenga ganas de cag... se jodió", aunque no fue mi caso. El bus partió de nuevo estando yo dentro del baño.
A partir de Nasca, todo lo que venía era nuevo para mí. En el mismo terminal había comprado la pastilla para el soroche, y como ya estabamos ganando altura, era el momento de tomarla. Así, no tuve mayor inconveniente durante el resto del viaje y a la larga en todo el paseo.
Pasamos por Puquio y ya era hora de dormir, sin embargo, cuando me desperté aún no habíamos llegado a Chalhuanca. Había dormido menos de cuatro horas.
A manera de mitigar posibles efectos de la altura, estuve tomando de la botella que nos dieron a cada uno en el terminal. No había terminado la mía cuando de repente apareció otra a mis pies. Es que a veces se caían y por el movimiento del bus rodaban y aparecían en otro asiento. Y estuvo a punto de pasar una catástrofe cuando creí que se había caído mi celular (lo que en realidad pasó varias veces): algo resignado, pensaba esperar a llegar a la próxima parada (Abancay) para preguntar asiento por asiento si lo habían visto, pero en realidad estaba en... un bolsillo de mi casaca. No lo sentía.
Dos señores (hombre y mujer) estuvieron conversando durante gran parte del viaje. Estaban detrás de mí. También asomaba una niña en pijama, que de vez en cuando recorría el pasillo. Aunque mis distracciones en este tipo de viajes eran la música y ver el paisaje (esto último imposible de noche y madrugada), habían puesto películas. Los nombres, ni los recuerdo, pero de lo que veía a la volada estaban los enfrentamientos con la policía, las persecuciones, los tiroteos y las carajeadas que se mandaban unos a otros (tenían subtítulos en inglés).
Justo al llegar a Poroy (donde está el letrero verde con letras blancas que se encuentra en todas las carreteras del país) comenzó la lluvia. Ahí pensé "esto es lluvia", en comparación a lo que hay en Lima. Sin embargo, la lluvia no duró mucho y una vez dentro de la ciudad ya no caían más gotas.
Al momento de bajar, la niña no se había cambiado la pijama. Afuera había taxi, y en el recorrido al hospedaje tuvo que sortear a los lugareños, turistas y hasta escolares que caminaban por las calles (unas más estrechas que las otras).
Una vez instalado en el hospedaje, empezaría la "aventura".
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